¡Todo el tiempo que dure tu recuerdo!

(A modo de intención editorial de esta sección) / ChLL/editor

En «Eterna» hablaremos del Patrimonio de Carmona, de sus “piedras” y de sus personajes históricos. De la Carmona Monumental, de sus civilizaciones pasadas, del encuentro de culturas…  y de los que ya no están pero han hecho posible que Carmona sea lo que es en alguno de los aspectos de sus distintos brillos…
Nos implicaremos en ir compartiendo hasta donde consigan llegar nuestros metadatos y nuestra estructura digital, el patrimonio histórico artístico material y también el inmaterial, que representan quienes han ido haciendo grande esta ciudad para inspiración y crecimiento de otros muchos.
No somos tan pretenciosos de pensar que  CarmonaParadise  quiera o pueda ser un ‘blogcity’ guardián de la eternidad de Carmona y de sus ilustres personajes de todas las épocas.  Historiadores célebres de aquí y diferentes entidades institucionales ya lo hacen extraordinariamente.
Sí es nuestra intención, poner también a su disposición un altavoz más para que la sigan relatando y que llegue aún más lejos, para contarle a lectores de otras latitudes, donde sabemos que llegamos,  las maravillas de esta tierra y de quienes las hicieron posible.
Tiene mucho que ver con que no se borre el recuerdo y con amplificar su mensaje.


Un emotivo y oportuno artículo publicado en el  ‘El Grifo Información’ me ha centrado de nuevo en la importancia del recuerdo para que no lo borre el olvido. El artículo lo escribe el gran Antonio Montero Alcaide quien termina diciendo:

Mas debe librarse (se refiere al ilustre escritor carmonense José María Requena) de una segunda muerte, la del olvido, preservado el recuerdo en su primorosa y vicaria escritura.

Ojalá CarmonaParadise produzca efectos parecidos con los artículos que suba.
Ojalá los hombres y las mujeres que ya no están y que han dado nombre a la grandeza de Carmona, a veces anónimamente otras más visiblemente, puedan ser algo más recordados porque algún párrafo leído aquí llegue a ser versos de su recuerdo en alguien de esta ciudad o de cualquier lugar del mundo.



Permítanme esta anécdota de mi vida privada, seguro insignificante para ustedes pero muy emotiva para mí porque figura en el patrimonio sagrado de mi infancia y viene a colación con la actitud agradecida a quienes nos precedieron en alguna labor de mejora social:

Recuerdo muy nítidamente que un día mis padres reunieron en el comedor de nuestra casa a sus diez hijos para dar la bienvenida solemne y presentarnos las bondades de un amigo de ellos que pasaría unos días con nosotros. Nos marcaba con ello la pauta de los modales y las cosas sencillas que hoy no están de moda. Nuestra casa en Madrid era entonces también un lugar de llegada de familiares y amigos de mis padres que venían de visita a la entonces llamada capital o a resolver asuntos distintos. Todos conocían la generosidad con la que mis padres trataban a quienes necesitaban una mano amiga fuera de su terruño. Le hacían un hueco acogedor en nuestra casa a compartir el salero de nuestras alegrías y también las estrecheces de una familia numerosa llena de chavalería. Mis padres adquirían entonces, con gran esfuerzo pero con idéntica grandeza en la entrega, las mejores viandas de aquella época para agasajar al invitado (pollo, entremeses, y algún refresco más allá del agua con el que sellar momentos de amistad). Los pequeños nos arremolinábamos de dos en dos en camas de uno para dejar libre la habitación o habitaciones, que durante unos días alojarían a los invitados. Y sabíamos que el uso del baño tendría una norma más estricta de la que habitualmente nos mandaba mi madre repartiendo justicia entre peleíllas de hermanos (¿Quién no sabe que un minuto no mide la misma duración si estás dentro del baño o estás esperando a que salgan para que puedas entrar tú?). De niño todo molesta, pero todo se soporta cuando el cariño de unos padres es tanto.
Además tenía la contrapartida de que durante esos días nuestros paladares se entrenarían con comidas de fiesta.
Mi padre nos compartió con felicidad a su amigo de infancia y nos lo presentaba como ese gran profesor de matemáticas llegado de Antequera que había venido a tomar posesión de una plaza de catedrático en la universidad de Madrid.
Sin dar mucha tregua a sus palabras de bienhallado, mi hermano pequeño (7 años, pantalón cortito de gala de entonces, heredado del mayor, con una mano en el bolsillo -seguro que estaba rompiendo una galleta de mantequilla que habría guardado para “su después”- como era habitual) le preguntó con su voz de pito:
-“Señor, ¿va usted a quedarse mucho tiempo?”.
D. José Villoslada, emérito profesor de gran celebridad, le contestó, con la misma simpleza aunque con más filosofía:
-“Todo el que dure tu recuerdo”.

Durante los ocho o nueve días que estuvo con nosotros, amenizaba nuestras cenas con jueguecitos mentales y con problemas de lógica que nos hacían pensar y con palíndromos, adivinanzas y toda suerte de gracias que nos dejaban sorprendidos; nos enseñó a jugar al ajedrez y reforzó aún más la inspiración por la lectura que mis padres llevaban tiempo contagiándonos.