Con el pintor Manuel Fernández García, maestro de maestros


Como su excelente fama le precede quise conocer a este gran pintor que me habían recomendado tanto los archivos históricos de la Biblioteca de Carmona como mis amigos, entendidos en arte, de Madrid y Sevilla y la gente que vive en esta ciudad.
(Carmona aunque conserva el encanto de un pueblo de características únicas, puede ostentar la denominación ciudad, por la gracia otorgada por el rey Felipe IV).

Manuel Fernández ha trascendido fronteras. Su obra se encuentra en muchos países del mundo, Japón, Venezuela, Méjico, Alemania…
(Imagine el lector que en la actualidad es más fácil la globalización de una obra artística; pero en su época, que un cuadro de un pintor de un pueblo de Sevilla se adquiriera en esos países, era un logro extraordinario).
Los galeristas más importantes de su época repartidos por la geografía de España compraban previamente sus cuadros porque antes de exponerlos sabían de su venta asegurada (algo que también es inusual hoy en día en la práctica de las exposiciones, si un galerista te compra un cuadro previamente, no es un galerista, es un mecenas).
Para el propietario de una sala de arte tener cuadros de Manuel Fernández era y es un signo de distinción de su galería.

Foto: Gracia Bueno

La vida me ha permitido conocer de cerca a probablemente cientos de personas famosas en distintas facetas del arte. En muchos de ellos y ellas me encontré (fuera de pose) un halo huraño previo, que les servía de escudo para ser impenetrable a los curiosos, hasta que se “rinden” a la evidencia de mi sensibilidad y mi respeto real por lo que ellos hacen y es entonces cuando se abren a compartirlo.
Manuel Fernández no tiene esa capa “puesta”, al contrario, es directamente desde el primer instante la amabilidad, la educación y la cortesía personificada (imposible serlo más).
Transmite con su sonrisa la ternura que sólo tienen normalmente las personas mayores y los niños y refleja, inherente a ella, la serenidad de sus 91 años llenos de vida de familia y amigos sinceros.
Esta es la mejor representación del triunfo en una vida. El premio que se gana es la paz interior y a Manuel Fernández le sale por los poros.
Un pintor de su talla tiene siempre el atractivo que le atribuye el arte de su obra, pero en él va mucho más allá porque es aún más grande como persona. Así lo he sentido y así se lo cuento.
Es de conversación fluida y mente clara. Llama la atención cómo cita nombres de hace más de sesenta o setenta años con la exactitud de haberlos tratado ayer mismo.
Estuvimos hablando dos buenos ratos largos de días diferentes. Charlar con él fue encantador.  Me contaba muchas cosas que yo ya sabía por la documentación previa que solemos consultar antes de entrevistar a alguien. Pero aún así captaba mi atención más profunda por la forma de contarlo en primera persona, como sujeto activo de esa vida que viene en los libros  y con el orgullo, la simplicidad y la felicidad de cada vivencia.
Así que me abandoné al disfrute de escucharlo y de dejarme llevar por esos momentos únicos sin la responsabilidad de tener que armar un artículo encorsetado.
Tampoco recuerdo haberle hecho ninguna pregunta original, las que pudiera haber tenido preparadas se obnubilaron al sentirme envuelto en el relato maravilloso que oía y que os aseguro no soy capaz de volver a reproducir por escrito, mucho menos -aunque casi siempre es más fácil- en formato de pregunta y respuesta.

Foto: Gracia Bueno

Entrar en su estudio produce destellos de magia; el duende, el ambiente…
Así se lo dije días después a su nieta – la gran fotógrafa y diseñadora gráfica Gracia Bueno – Me produjo una impresión envolvente que me recuerda a las más de diez veces que me ha sucedido lo mismo al visitar el estudio de Sorolla, habilitado como museo en la que fuera su propia casa de Madrid.
Es una sensación que conquista por el olfato y por la vista trasladando a otras épocas y llenando de sensaciones misteriosas y bohemias cada rincón.
A pesar de las lógicas diferencias de dimensión artística, estéticas y de estancias diferentes, sus estudios transmiten sensaciones parecidas. Aunque el de Manolín Fernández (así le llaman cariñosamente en esta ciudad) afortunadamente huele a óleos frescos y mezclados, porque él aún pinta cada día. Está situado en su propia casa que, datada en 1600, aporta también otras magias.

La importancia de su estilo
Él marcó la pintura de una época con su paisajismo costumbrista andaluz.
Los blancos, la luz, la maestría de su paleta, la mezcla de colores limpios, la transparencia de las sombras, la pureza de la luz, el contraluz, los contrastes que iluminan… son definiciones que describen con fidelidad lo que ha sido su obra a lo largo de décadas.
Yo no soy tan entendido, pero dicen los que saben, que a través del óleo se adivina también que fue (y quien tuvo, retuvo) aunque ya no lo practique, un genial acuarelista.

Los inicios como pintor de éxito
Me cuenta que la reproducción en pintura de grabados de Richard Ford y de David Roberts de escenas costumbristas, con su propia interpretación, fueron los primeros encargos que le permitieron poco a poco profesionalizar su arte. Aún no se explica la enorme aceptación que tenían, cada uno que empezaba lo tenía vendido antes de terminarlo. Después fue imparable:  paisajes de los pueblos blancos de Cádiz, de la Alpujarra granadina, de Carmona… La virgen de Gracia…

Foto: Gracia Bueno
Algunos retazos de su biografía
Manuel Fernández García nació el 29 de diciembre de 1927.
Estudió en el colegio del convento de las dominicas de Madre de Dios de Carmona.
Tuvo como compañeros de pupitre en Carmona  a José María Requena (que en paz descanse) y a Manuel Losada Villasante, entre otros amigos a los que aprecia mucho.

Le gustaba pintarrajear como a cualquier niño pequeño y lo hacía desde muy niño sin saber dónde llegaría. Se recuerda en su colegio dibujando a otros compañeros que habían castigado en la pared.

Su infancia fue la de un niño feliz que jugaba como otros muchos niños con la alegría y la inocencia de serlo en las callejuelas de su pueblo.
“Entonces no estaba construido el parador y jugábamos mucho por todo el espacio misterioso de las ruinas del Alcázar del Rey”.

Quería ser piloto de aviación.
Su bisabuelo era pintor, Pérez Hurtado, pintaba motivos religiosos.

Ayudaba a su padre en la tienda de tejidos que estaba situada junto a la Puerta de Sevilla
“Ya tiraron esas edificaciones pequeñas para proteger mejor el monumento y agrandar la plaza. La tienda estaba adosada a la muralla, al propio alcázar de abajo”.

Estudió Bachiller en San Hermenegildo de Dos Hermanas y en Escolapios de Sevilla.
“A muchos niños de aquella época nos mandaban a estudiar el bachillerato fuera de Carmona, nos mandaban internos. Era la  forma entonces de continuar los estudios primarios que se hacían en el pueblo”.
(El Bachiller entonces constaba de seis cursos y una reválida, se iniciaba a una edad parecida a la de los chicos y chicas que hoy en día entran en 1º de la ESO)
“Entonces había que cursar también dibujo técnico. A mí solamente me gustaba el artístico. Teníamos que dibujar en láminas y copiábamos capiteles, hojas, bustos y piezas de escayola…) y como cualquier estudiante de entonces tenía mi carpeta con todas láminas”.

Foto: Gracia Bueno
De repente apareció en su vida un pintor que había tenido mucho éxito por el mundo.
“Era D. José Arpa. Fue mi mentor”.

“Volvió a Sevilla después de haber estado muchos años en Europa y por América. Era un gran pintor que triunfaba en el mundo. Desde Sevilla pasaba los veranos en Carmona porque él era de aquí. Yo tenía unos catorce años”.

“Un día de ese verano, D. José Arpa pretendía intentaba pintar la calle y la torre de San Pedro desde la Puerta de Sevilla, pero era una zona de paso al mercado y la gente se arremolinaba y no le permitían pintar con tranquilidad. Mi padre le ofreció el balcón del piso superior que teníamos en la tienda para que pudiera tener la tranquilidad que necesitaba. Hizo muchos cuadros desde allí. Lo utilizó mucho tiempo como estudio”.

“Yo ayudaba a mi padre en la tienda y me acercaba silencioso a verlo pintar. Me pasaba horas mirando cómo lo hacía. Un día me preguntó si me gustaba pintar y si había hecho algún cuadro. Se interesó por mis láminas y me dijo que se las mostrara. Me dijo que yo pintaba bien, que tenía que probar.
Y un domingo, él no pintaba los domingos, me subí al almacén donde tenía los óleos, los pinceles… Arpa tenía las mejores pinturas, se las mandaba su sobrino desde América.
Le cogí sin su permiso una tablita y pinté mi primer cuadro al óleo.
Cuando lo vio D. José no me reprochó que hubiera cogido sus materiales y alabó mucho mi cuadro. Desde entonces me invitaba a pintar con él, no solo a mirar, pero me situaba enfrente de él porque decía que así no le imitaba, que yo tenía que hacer mi propia versión”.

¿Qué pintó usted en esa tablita?
“La torre de San Felipe”
¿Siempre pintaba desde el balcón?
“No. Salíamos mucho a la Vega o por las callejuela y las plazas buscando rincones. También venía un sobrino suyo que le ayudaba a portear los materiales. Siempre le decía que los llevara en la mano izquierda y que la derecha la dejara libre”.
¿Por qué?
Porque había que cuidar el pulso para pintar”.

Foto: Gracia Bueno

“Fue mi maestro, mi mentor, quien me empujó a pintar, aprendí muchísimo de él. Tenía una forma muy estimulante de corregirme sugiriéndome otra interpretación del cuadro. Me daba muchos consejos y logró que me entusiasmara por pintar”.

“Mis primeros cuadros los regalaba a mis padres y a amigos, pero él me animó a que los empezara a vender a otras personas interesadas.
Los primeros cuadros que vendí fueron dos sobre el Alcázar del Rey, uno estaba hecho desde el interior de la muralla y el otro era una vista desde el exterior”.
¿Recuerda el precio que les puso?.
“100 pesetas cada uno. Era una cantidad importante entonces. He podido vivir de la pintura. Nunca me ha faltado quien comprara mis cuadros”.

Y nunca ha organizado una exposición, los galeristas que han expuesto obra suya, le compraban las pinturas antes de exponerlas.
Tuvo que dejar los estudios para ayudar en la tienda.
“Eran tiempos de escasez generalizada y muchos chicos y chicas teníamos que ayudar en nuestras casas a salir adelante”.

Pero en algún momento, pasado el tiempo, pudo dejar la tienda de sus padres y dedicarse por entero a la pintura y a la restauración de cuadros.
Aprendió a dar pátinas de dorado, a entelar y restaurar… Lo aprendió de Carrera, que era el conservador del museo de Sevilla.
Los cuadros del archivo de la Iglesia de Santa María fueron restaurados por Manuel Fernández.
También me habla de los escultores Francisco Buiza y Antonio Eslava. A quienes visitaba en sus talleres, porque además de la amistad le encantaba la forma de hacer, de estos escultores importantes que le influyeron también en su forma de pintar.

Uno de sus marchantes, Antonio Franco, de Jerez de la Frontera que tenía casa en Grazalema lo recogía de Carmona en su coche y le llevaba por la sierra de Cádiz para que pudiera tomar bocetos al natural de los pueblos blancos. De ahí su querencia pictórica constante por esos paisajes de Grazalema, Benaocaz…

Manuel Fernández aún sigue pintando. Ojalá por muchos años. Tiene varios bocetos y cuadros empezados que va tocando día a día.

Foto: Gracia Bueno

Me cuenta que cuando la paleta se llena de pintura, en lugar de rasparla la pinta y la regala como objeto decorado a sus amigos. Pinta de día, por la mañana mejor que por la tarde “porque en las mañanas la luz me hace ver los colores tal y como son, en las tardes el sol entra intenso en esta época del año y me resulta molesto”.
He visto unos cuadritos preciosos en tabita pequeña que les ha dedicado a cada uno de sus nietos y nietas, que también me han recordado a las tablitas de los bocetos al óleo que hacía Sorolla.
Con muchos premios en su vida, es muy reconocido en el mundo del arte. También es “profeta en su tierra”. Muy querido por la gente. Dice que se siente muy agradecido a sus paisanos, que son muy buenos con él. Es hijo predilecto de la Ciudad de Carmona por iniciativa de la Peña Giraldilla (centenaria en historia) apoyada por más de cincuenta asociaciones, colectivos y entidades locales que consiguieron los votos por unanimidad de todos los grupos políticos del pleno municipal para premiar la labor profesional de uno de sus más reconocidos artistas que se ha implicado siempre en el engrandecimiento cultural de su localidad.

Ha destacado profesionalmente como un extraordinario pintor de estilo realista y costumbrista que se ha tejido una reconocida trayectoria artística siendo también referencia para numerosos artistas y maestro de tantos otros.
Vinculado siempre hacia su ciudad, a través de varias hermandades, asociaciones y peñas locales y de su trabajo como director artístico de la Cabalgata de Reyes Magos de Carmona una de las más vistosas de España. Él diseñó la primera y las cuarenta y cuatro siguientes.

Se enorgullece de su vida y de la vida con su familia y le agrada mucho también que sus hijos continúen su arte. Los Fernández Goncer son una familia de artistas.

Diseño de los varales de la Carreta de la Hermandad del Rocío de Carmona y de la Portada para el emplazamiento de la Hermandad en la Aldea del Rocío
Foto: Gracia Bueno