A José María Requena. In memoriam. ‘Alejamiento de cercanía’

Durante los meses de abril y mayo, organizado por la Biblioteca José María Requena, de Carmona, niños y jóvenes visitaron con la motivación de sus colegios e institutos las distintas salas de ese templo de cultura, para realizar actividades transversales sobre la figura de este autor.

En el Día del Libro, esta institución organizó así mismo una lectura pública de poemas, relatos y microrrelatos de José Mª Requena, en la que participaron el propio alcalde, concejales de todos los grupos políticos municipales, escritores, miembros de los clubes de lectura, vecinos, niños, jóvenes…

También se inauguraron dos exposiciones, una de pintura cedida por alumnos de la profesora Mariela Bascón, que se propusieron el reto de trasladar los versos de José Mª Requena a los pinceles; y otra en la que se mostraron juntos todos los libros de este gran escritor que se conservan en la Biblioteca que lleva su nombre.

A lo largo de los años se han celebrado distintos homenajes fuera y dentro de Carmona a este escritor que obtuvo el Premio Nadal, entre otros, e innumerables reconocimientos por su obra literaria. Son muchas las personas que han estado detrás empujando con ello la eternidad de su obra.

Son gestos puntuales pero ritos culturales que evidencian la admiración por esta figura tan importante y sobre todo que,  al compartirse con niños y jóvenes, responde a la garantía del reconocimiento y recuerdo eterno.

(Foto: Inma Pulido)

En la tarde del 12 de junio, quedó inaugurada en el Palacio de los Briones, sede de la Universidad Pablo de Olavide en Carmona, una emotiva exposición sobre la relación entre el escritor carmonense José Mª Requena y esta su ciudad.

La exposición está diseñada por el periodista Antonio Montero Alcaide, también de Carmona. Veinte “ploters” con fotografías y evocadores textos son el agradecido pretexto para acercar de nuevo a los ciudadanos la memoria de este insigne escritor.

El delegado de Cultura, Ramón Gavira en la presentación del acto. (Foto: Inma Pulido)

Una exposición coordinada también por la directora de la Biblioteca, en la que el Ayuntamiento de la ciudad, a través de su área de cultura, ha querido así seguir homenajeando a tan importante escritor en el XX aniversario de su muerte.

(Foto: Inma Pulido)
El alcalde Juan Ávila dedicó palabras entrañables al situar la importancia del acto y declaraba posteriormente  abierta la exposición, después de que momentos antes Antonio Montero glosara la figura literaria y la persona de su admirado compañero y amigo José María Requena.

Pudimos comprobar que estos sentimientos y esta admiración profesional citada de Montero hacia Requena, que quiso contagiarnos a los asistentes al acto, tenían tanto contenido y fue tan inspirador, que desde Carmona Paradise no nos atrevemos a modificar ni una sola coma, porque cualquier comentario nuestro restaría la belleza exacta de las palabras de Antonio Montero.

Optamos por ofrecer para que quede para siempre, también aquí, en la eternidad del recuerdo, el texto íntegro de estas palabras de presentación.

Para facilitar el acceso a quienes no pueden venir a Carmona a visitar directamente la exposición, vinculamos ESTE ENLACE en el que se puede entrar, en formato pdf, a las diapositivas expuestas.



ALEJAMIENTO DE CERCANÍA

Texto íntegro de Antonio Montero en presentación del acto de inauguración de la exposición exposición conmemorativa del XX Aniversario del fallecimiento del escritor carmonense José María Requena
Martes, 12 de junio de 2018. 20 horas.
Carmona. Casa Palacio de los Briones (Sede de la Universidad Pablo de Olavide en Carmona). / Ayuntamiento de Carmona. Biblioteca Pública Municipal “José María Requena”.


(Foto: Inma Pulido)

<Con una contradicción, un oxímoron en cuestión retórica, José María Requena acaso expresara ese sentimiento que le acompañaba allende las lindes de Carmona: un alejamiento de cercanía. Tal es el motivo del título de la Exposición que hoy se abre casi al cumplirse, dentro un mes, el 13 de julio de 1998, los veinte años del fallecimiento del escritor carmonense, con poco más de 73 años de edad.

“Me convocan la angustia y la tristeza porque han incluido en su penoso orden del día el anuncio de tu pérdida. Sabes bien, José María, que la vida no pocas veces resulta una de esas guerras perdidas tras la euforia de algunas batallas victoriosas. Y es que son muchas las refriegas que has tenido que librar, armado con botellas de oxígeno en la retaguardia del hospital, para sortear la asfixiante artillería de la muerte.
Me apesadumbran, querido paisano, las campanas de duelo, que hacen eco y reverberan en los rincones de esa Carmona que es tu pueblo y el mío, donde la inminencia de tu pérdida se fue vaticinando en la desazón de tus mejores amigos. ¿Recuerdas, José María, una de nuestras últimas conversaciones, apostados en la sacristía de la iglesia de San Pedro, después que hubieras glosado de la vida de un santo también carmonense, San Juan Grande, cuando confesabas que tu mayor deseo sería recuperar la juventud? Te sobraban ganas de vivir, amigo José María, aunque la enfermedad, como agente que recaba información de nuestra salud para archivarla en el caprichoso registro de la muerte, no te permitiera compartir muchos encuentros y presencias”.

He tomado la venia de recordar cómo pude despedirme de José María Requena, tres días después de su muerte, en la página que entonces compartíamos en la edición sevillana del periódico ABC, tras fabulosos ratos de conversación que atesoro en el recuerdo de su sabio magisterio cuando ahora se presenta esta Exposición conmemorativa.

Precisamente aquella noche, Requena, evocando a nuestro santo paisano, imaginaba, al final de los tiempos, que “tus paisanos y amigos de Carmona iremos preguntando por ti, a través de tan alegre y ya glorioso gentío, hasta que, por fin, nos abracemos contigo todos los hombres y mujeres de todas las generaciones que en nuestro pueblo vieron las primeras luces del mundo”.

Se han seleccionado, para la Exposición, algunas citas, tanto de novelas de Requena como de textos que compuso a propósito de distintos actos en su ciudad, a fin de cerciorar que Carmona constituye no solo el territorio de la patria de su infancia, como afirmaba Rainer María Rilke, sino la primigenia razón de su escritura. Sin que, por otra parte, hiciera falta al escritor una cartografía, una galería, un catálogo de su universo literario tan explícito en la ficción de otros autores.

No les adelantaré una declaración requeniana de la inspiración carmonense de su obra porque van a poder leerla pronto, pero sí nos cabe sostener, precisamente por ello, que el alejamiento de cercanía era una profunda razón de la añoranza consolada en las espléndidas páginas de las novelas de Requena. Casi siempre, no se olvide, habitadas de personajes tocados, heridos por la desgracia o el infortunio, como mucha de esa gente que pasaba delante de la puerta de la farmacia de su padre, al filo de la carretera general, en la calle San Pedro, donde continúa, buscando colillas por el suelo, de cigarros poco apurados, con las que poder darle alguna calada al negro porvenir.

En definitiva, aunque en el universo literario de Requena Carmona no encuentre un trasunto de letras, como la Argónida de Caballero Bonald, la Etruria de Julio Manuel de la Rosa, la Vetusta de Clarín, la Comala de Juan Rulfo, el Macondo de García Márquez, indudable es su continua presencia en la labor creativa del escritor carmonense.

Reconoce José María que desde las ventanas de su casa, tan cerca del tránsito que atravesaba la ciudad bastante antes de la circunvalación, pudo contemplar el teje-maneje de los días, tanto en sus rutinas más anecdóticas como en los acontecimientos extraordinarios, de distinta y señalada naturaleza estos, como la Guerra Civil que comenzó en la adolescencia del escritor y dejo escritas, en las páginas de la memoria, vivencias y hechos dramáticos que influyeron también en su escritura.

Permítanme, en este momento, que les anime y predisponga para pasar un rato entrañable con las fotografías y los textos que se reúnen en esta Exposición. Romero Murube dijo que José María era “el último romano de Carmona” y acaso su porte en la fotografía que abre la Exposición lo corrobore, al lado del Guadalquivir, esa cenefa de plata en el antiguo paño de Híspalis.

Y les aseguro, no creo equivocarme, que tendrán que contener la emoción cuando en las entretelas del sentimiento reverberen nueve versos premonitorios con los que Requena tal vez quiso rezar dos meses antes de morir, postrado y roto por la enfermedad. Me contengo para no declamar con cuidado esos versos, y así no anticiparles el íntimo sobrecogimiento que sentirán cuando los lean, junto a dos fotografías de Requena en la vida abierta de la infancia, con la mirada dispuesta hacia afuera, presta a verlo todo en el trasiego de los días, y Requena con los años vencidos, con la mirada hacia dentro, dada a la introspección, para vérselas con uno mismo después de haber visto casi todo.

Dos meses antes de su fallecimiento, buscado por el que el escritor tenía como “demonio humano del asma”, entre las sábanas arrugadas por los quebrantos de la enfermedad aparecieron esos premonitorios versos de José María Requena, que la ilustración reproduce tal como fueron escritos y corregidos de su puño y letra, en un papel que hace de escueto y portentoso testamento de palabras. Ahí está el campo, y la muerte, y un cierto estoicismo… Casi el compendio de la amplia y diversa obra escrita de este escritor que es tan merecedor de lectura como postergado en las quinielas o en la arbitrariedad -que así suele ser cuando no media la justicia- de los re-conocimientos.

Pues bien, el campo, de una manera u otra, es texto y contexto de la escritura requeniana. Sea en las idas y venidas de la novela El Cuajarón, en torno a las vicisitudes toreras de Goyo; en la saga familiar de los Cal, aderezada de pasiones, con la magistral descripción de las gentes y de las liturgias del campo que se compila en Pesebres de caoba; en el desarraigo de las familias que abandonan la campiña para instalarse en un barrio marginal de la gran ciudad, cuando los hijos se arremolinan en el desquicio y a los padres sólo les cabe reunirse tras las puertas de las casitas bajas, pro-vistos de vino barato, para contar las cotidianas batallas de la siembra, la siega o la trilla, repartidas de sol o sol, tal como Requena recrea certeramente en Las naranjas de la capital son agrias; o ya, también, con otra saga familiar, la de los Luna, terratenientes afincados en el centro de Sevilla, pero a poca distancia de Casaltiva, otro caserío imponente, en el que se crían caballos, como Acero, al que acuchilla los ojos, en pleno lucimiento de la Feria, alguien que pierde la fanática admiración por esos animales, argumento de Los ojos del caballo; o, también, la frustración de Alejo Piña, ciclista gre-gario que no logra abandonar las lindes hortelanas de un pozo y de una higuera centenaria, en la novela Etapa fin de sueño.

En la Exposición tienen una muestra, con un párrafo de la novela Pesebres de caoba que retrata a los gañanes en el desahogo de la brega. Un homenaje de versos, dedicados a “El viejo gañán muerto”, fue compuesto por José María Requena a sus veintisiete años, para dar prueba de su esmerada y conmovedora poesía. Y en uno de los primeros pregones de la Semana Santa de Carmona, en 1952, el escritor vuelve a recordar a los gañanes que dejaban solo al campo el Domingo de Ramos.

(Foto: Inma Pulido)

También se da cuenta en la Exposición de la naturaleza del cuajarón como título de la novela más conocida de Requena, El cuajarón, con la que obtuvo el Premio Nadal en 1971. De esa misma novela se reproduce otro párrafo de un enterramiento en el que no es nada difícil de imaginar el cementerio de Carmona.

Cercana a esa explicación del cuajarón es otra descripción, sobre la vida, tomada del pregón correspondiente al XXV Aniversario de la Hermandad de la Virgen de Gracia en Barcelona, en 1992.

Evidencias de la inspiración carmonense de la escritura de Requena son las que figuran en mayor número, así como de la añoranza que rezuma del alejamiento de cercanía. Se consideran citas de un texto, de 1984, que el escritor tituló “Carmona y lo literario”; de una “Carta de Bilbao”, escrita en 1960; de las “Pequeñas cosas de aquellos días lejanos”, cita de 1992; de una “Crónica desde Sevilla para Barcelona”, de 1970; de “Aquellos veraneos de alberca”, de 1987; de “Carmona a vuela pluma”, de 1986; del “El escritor y su pueblo” de 1982; y de una “Carta a mis paisanos de Cataluña”

Conocía de sobra a sus paisanos Requena y podrán advertirlo con algunas citas de una entrevista de 1988. Y, de manera menos sociológica por más poética, en cinco lúcidas piezas de “Carmona por soleares”

Cierra la Exposición un poema, “Se fue”, escrito en 1945, cuando José María tenía 20 años de edad, tras la pérdida de su madre Teresa, “buena como una santa”.

Imágenes también se exponen, con fotografías variadas: el escritor leyendo felicitaciones tras el Premio Nadal (1971); Requena en las redacciones de El Correo de Andalucía y de La Gaceta del Norte; nuestro paisano recibiendo de Iñaki Gabilondo el premio Sevillano del Año; en la firma de ejemplares de El Cuajarón; José María con su mujer, sus hijos y su padre; el escritor en Estados Unidos; Requena en un patio de cuadrillas y con El Cordobés, Belmonte y Curro Romero; el escritor en el jurado del Premio de Novela Ateneo de Sevilla; con los escritores Gross y Mon; o José M.ª Requena con los ciclistas Loroño y Bahamontes.

Por qué, entonces, “Alejamiento de cercanía” en expresión de Requena. Pues por razones distintas pero no distantes. En unos casos, la distancia física, que Requena no duda en reconocer al incluirse en la diversa categoría de los que se fueron: “Yo soy de los que se fueron, de los que algún que otro atardecer necesitan montarse en la imaginación para “llegar” a la Plaza de San Fernando y pasar por la calle Vendederas hasta Santa María, en una tarde “farolillera” de la novena. Soy de los que han perdido muchísimo hilo. Te vas del paisaje a galope tendido, con las sienes estallan-tes, y resulta que luego quisieras tener a todo tu pueblo al alcance de los fines de semana o por lo menos, lo mejor de tu pueblo cuando alguna pena se te pone incurable, y sabes que se te podría quitar con un crepúsculo entre olivares o presentándote solo en el Alcázar para ver cómo se derrama el sol sobre la gloria de los trigos…” (“Carta de Bilbao”, 1960).

En otros, la distancia medida en el particular trayecto de las emociones, aunque Carmona quede a un tiro de piedra de Sevilla, donde ya reside el escritor: “Se ve que, con los años, la memoria, ya un poco cansada de hacernos revivir aconteceres, se empeña en recuperarnos sensaciones aisladas, distantes y como adormecidas en los archivos mentales de la infancia. Algo de esto me ocurre, sobre todo, en la intensa relación que mantengo con mi pueblo desde un entrañable alejamiento de cerca-nía. Llegan, por ejemplo, los primeros calores del verano, y el olfato se me pone a recordar el penetrante aroma un tanto nórdico de aquella fábrica de hielo, situada a dos palmos de un arriate de la Alameda. Y en la evocación de los principios de la cuesta que lleva a la vega, vuelvo a presenciar, desde el balcón de mi casa, el brioso y fatigado arribo de las grandonas galeras cereales, a punto de romperse el pardo acero muscular de los mulos altos, entre colérico y orgulloso el látigo del carrero, frenético estallido de salivazos y palabrotas” (“Pequeñas cosas de aquellos días lejanos”, 1992).

Si bien, no es lo mismo, ni con mucho, una emoción que una emoción recordada: “Porque una cosa es una emoción, y otra bien distinta será siempre esa misma emoción revivida en las más sensitivas entretelas de la memoria” (“Recuerdos como cirios”, 1984).

Justamente por esto, al cabo del tiempo, opera la sabia faena de la edad para poner las cosas en los sitios que, antaño, en el tiempo y la edad de entonces, se desconocían o no era posible discernirlos: “Por pura lógica de la edad, me resulta factible recomponer escenas, diálogos y sensaciones de hace más de medio siglo. Y, por su-puesto, cuando me decido a ejercer tamaña facultad de brincos evocativos, al compás que me asombro ante el disparatado transcurso del tiempo, descubro perspectivas que ni por asomo hubiera podido utilizar en aquellos lejanos momentos rescatados hoy por los resortes de la memoria” (“Túnicas y capirotes”, 1994).

En definitiva, un algoritmo de distancias –física, emocional, cronológica- del que resulta la acertada paradoja de un alejamiento cercano. En él se afincó José María, sobre todo, desde su regreso a Sevilla, en 1964, tras su desempeño en Bilbao como redactor de La Gaceta del Norte. Carmona a poco más de media hora y el escritor en una “intensa relación que mantengo con mi pueblo desde un entrañable alejamiento de cercanía”; como si esa distancia, tan ligera en lo físico, resultara necesaria para catapultar las otras distancias de la emoción y de los años.

(Foto: Inma Pulido)

Los escritores, y con esto acabamos, suelen contar con el amparo de las páginas que compusieron mientras estaban –una manera de decir, asimismo, que fueron-, a fin de esquivar esa que se dice segunda muerte del olvido. Sin embargo, para que tal amparo se haga recuerdo efectivo, necesaria es la serena contribución de la lectura. Esta Exposición, por ello, además de conmemorar al escritor quiere estimular y propiciar la lectura de su obra como mejor regalo para quien se aplique a ese ejercicio. Fácil es acceder a ella, porque la Biblioteca Pública Municipal, que acierta al llevar el nombre de José María Requena, así lo procura por reunir la obra completa del escritor de Carmona.

Es recomendable, asimismo, un libro de Ángel Acosta Romero, Vida y obra de José María Requena, publicado en el año 2001, tres años después de la muerte del escritor carmonense. Este profesor de la Universidad de Sevilla también se hizo cargo de la edición, auspiciada desde 1998, el año de la muerte del escritor, por el Excelentísimo Ayuntamiento de Carmona, de sus Obras completas en tres volúmenes que aparecieron los años 1999, 2000 y 2002.

Desde un acercamiento más local, he de reconocerles la grata tarea y la profunda satisfacción que me procuró recopilar textos escritos o leídos por José María Requena sobre su ciudad, en dos volúmenes: El alma de José María Requena (2004), Carmona a vuela pluma (2011), editados, con el auspicio y generosidad de Industrias Gráficas Sevillanas (Ingrasevi), por la editorial carmonense Servilia Ediciones.

Llegados a este punto, es necesario recordar una evidencia por obvia que parezca: José María Requena es un escritor de Carmona. Un magnífico escritor, primero, que no gozó de los reconocimientos que su obra merecía entre las más destacadas de la segunda mitad del pasado siglo; y un carmonense afincado en la nostalgia de la ciudad de sus primeras luces, cuyo pulso late en la trama de muchos argumentos con los que levantó su fabulosa escritura.

“Te imagino, José María, removiendo nubes mansurronas hasta encontrar el hueco que se abre a la Vega inmensa de nuestro pueblo; te intuyo afanado en escuchar la música celestial de los campanarios de Carmona, cuando los olores del campo perfuman las brisas de las tardes; o pendiente de esa espina dorsal de Carmona que se despliega a lo largo de la calle San Pedro, en el emplazamiento privilegiado de la farmacia de tu familia, muy cerca de una atalaya, la Giraldilla, que debe rozar el suelo del Paraíso”. Así quise saludarte, José María, cinco años después de tu marcha. Y del mismo modo ahora me despido con una de tus soleares que conmueve en los hondones del alma: “Todo se nos va algún día / por la Calle Carpinteros / a la cal sin alegría”.>

(Foto: Inma Pulido). Antonio Montero, el alcalde Juan Ávila y Ramón Gavira, de espaldas, con Paco Hidalgo, director de la sede Olavide en Carmona.
Para seguir conociendo a José María Requena : http://www.josemariarequena.com/


Fotografías: Inma Pulido (inmapulidofotografia@gmail.com)
Portada: web del escritor / retrato de Amalio García del Moral

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